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La turuta del Titanic

Adoración, libertad, reposo.

El diario de información económica "Hispanidad", el viernes, 30 de enero del 2009, publicó el artículo que a continuación se transcribe, firmado por Eulogio López. Quien esto escribe lo aplaude hasta con las orejas, y se lo brinda y recomienda a los pacientes lectores.
JR

Ha esclavizado al mundo con su actividad y se ha hecho esclavo él mismo. Por esto, Dios dio al hombre el sábado que aquél había rechazado. Al rechazar el ciclo de la libertad y el reposo que vienen de Dios, el hombre se alejó de la imagen de Dios pisando así la dignidad del mundo. Por esto hacía falta arrancar al hombre de la esclavitud que le tenía atado a su propio trabajo. Por eso, Dios quiso que el hombre reencontrara su autenticidad liberándolo del dominio de la acción... En primer lugar, la adoración, la libertad y el reposo que viene de Dios

Por una sola vez, seré sincero: esa mezcla de conceptos aparentemente tan lejanos como adoración, libertad y reposo, me dejó bastante frío cuando lo leí. Pero cuando estaba leyendo un texto de Joseph Ratzinger sientes que debe haber algo más detrás del proscenio. Y vaya si lo hay.

Supongo que nadie pondrá en duda que uno de los males de nuestra sociedad es el activismo, la premura, casi diría la histeria, la aceleración vertiginosa del tiempo interior.

Y Benedicto XVI empieza por ahí, por el reposo, y lo pone en relación con la libertad y la adoración de Dios. En efecto, el hombre sólo es libre cuando adora a su creador. En sentido literal, porque lo propio de la criatura es adorar al criador. Pero, asimismo, el hombre sin silencio, sin reposo, sencillamente no es libre. En sentido literal, porque el activismo le impide pensar, y si no piensa no decide, esto es, no ejercita su libertad, se convierte en un esclavo. El activismo es el mundo, y reposar no puede consistir en pasar de un frenesí a otro, de una prisa a otra prisa. Reposar es pensar, soñar y amar, las tres gracias que nos distinguen de los animales y que, por pura casualidad, coinciden con tras tres virtudes que no podemos adquirir por nosotros mismos: fe esperanza y caridad.

Sin fe no hay pensamiento porque no hay lógica, ni conclusión. El hombre sin fe vive en la duda permanente, permanentemente opresiva, en el vértigo vital.

Sin esperanza en un mundo mejor no son posibles los sueños. Sin caridad no hay amor, aunque esto no deja de ser una reiteración tan necesaria como necia.

El hombre se realiza pensando y soñando pero, sobre todo, amando, conforme con la gran paradoja vital de que “sólo somos nosotros mismos cuando estamos fuera de nosotros mismos”, esto es, pendientes del prójimo.

En suma, el hombre necesita reposo, que no consiste en no hacer nada sino en pensar, soñar y amar, las tres facultades creativas de la condición humana. Y para ninguna de las tres se precisa llenar la agenda, más bien dejarla en blanco.

Vuelvo de unos ejercicios espirituales, ese invento ignaciano que muchos jesuitas han adulterado (otros no). El colmo de la maravilla, porque a Dios no se le encuentra en activismo político, económico cultura o informativo -éste último el peor de todos, porque no da tregua- sino en el reposo y el silencio. Se le encuentra porque en el reposo es donde el hombre es más hombre, y Cristo es un Dios que no se esconde, sino que va en busca de la criatura, pendiente de su palabra. Y no opera en la confusión ni en la agitación.

El activismo, el ruido y la prisa, han conseguido idiotizar al hombre. Cuántos dicen que trabajan muchas horas cuando lo que hacen es hablar durante horas. No saben reposar, así que no saben vivir en libertad, ni saben adorar.

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