Blogia
La turuta del Titanic

Lecciones de Historia. Miguel D´Ors.

Lecciones de Historia. Miguel D´Ors.

(Me permito dar la tabarra con Miguel D´Ors, nieto de Don Eugenio. Hay que leerle. No es pena. Pero si lo fuera... valdría la pena.)


 

 

INCIPIT LIBER

 

En el nombre de Dios -ojo: no del Gran Todo,

no del Gran Manitú ni el Punto Omega

ni del dios (Dios me libre) deseado

y deseante de ciertos camarotes de seda-,

en el nombre del Padre que fizo toda cosa,

en el nombre del solo

Dios verdadero, el Dios de los profetas

hirsutos y los vastos patriarcas,

el de Inés y Cecilia,

sexo débil más fuerte que todas las legiones,

el Dios que sostenía la sonrisa

de Tomás Moro bajo el hacha negra,

el Dios de Louis Pasteur, el de Gaudí, de Chesterton,

de los analfabetos como yo,

el Dios de las amebas, de los Tronos

y las Dominaciones,

del simún y el Museo Británico, comienzo

esta declaración, esta memoria

del desolado tiempo que he vivido.

 

Que Él ponga en mis palabras una chispa de

Su innombrable fuerza.

 

I

La segunda mitad del siglo XX

era más pertinaz que una sequía

de los años 40.

 

Tenían -¿cómo no!- las Cinco Vías

de Tomás, el inmenso aventurero,

tenían los ocasos de Granada, el acorde

de octubre en los hayedos de Zuriza,

tenían a Audrey Hepburn (y a Raquel Welch), tenían

el Cervino, Florencia,

la Sexta Sinfonía de Beethoven,

el cielo azul -que es cielo y es azul-,

el silencioso grito de un minuto cualquiera

de la Madre Teresa de Calcuta...

 

Tropezaban con Dios en cada cosa:

un niño: Dios; una gaviota: Dios;

una mujer que dice -yo también-:

Dios; un buen verso: Dios. Pero eran ciegos,

sordos, inexplicables,

y negaron a Dios como quien niega

el mar o las manzanas.

 

II

La segunda mitad del siglo XX

no tuvo Dios ni dioses, ni siquiera

un poste de colores como Caballo Loco,

que ser menos salvaje que hombre blanco.

 

Y vino lo que vino:

si Dios no existe, el hombre es un fosfato

(un fosfato que vota, miren qué delicado).

 

Si Dios no existe -déjense de bromas-

­no existen argumentos contra el horno

crematorio, el Gulag, la clínica asesina,

la bomba de neutrones, las Brigadas

Rojas, los Mao-Tse-Tung...

Si Dios no existe ¿quién me dice a mí

que no me cague en todos los restantes fosfatos?

Si Dios no existe, sálvese quien pueda.

Si Dios no existe, el Mandamiento Nuevo

es “jodeos los unos a los otros”.

 

Considerad, hermanos, con qué fidelidad

lo cumplió la segunda mitad del siglo XX.

 

III

La segunda mitad del siglo XX

la humanidad del hombre dimitió.

 

¿Para qué molestarse en decir no

con la palabra no? Mejor con metralleta,

John Kennedy, mejor con rifle, con pistola,

con granada de mano.

¿Por qué esperar al punto

final para acabar la discrepancia,

Bob Kennedy, pudiendo terminarla

con un tiro?

 

¿Por qué pedir justicia

con razones, pudiendo, Martin Luther,

pedirla con un kilo

de Goma-2?

 

¿Por qué perder el tiempo

en ser humanos, Aldo Moro, José María

Ryan, Manuel Expósito, almirante Carrero,

Anwar El Sadat, por qué, muertos y muertas

cuyos nombres se mezclan y confunden

en el olvido igual que las mandíbulas,

los zapatos, los trozos de chatarra, los dedos

en el súbito asfalto ensangrentado,

por qué perder el tiempo en ser humanos

pudiendo ser un cóctel Molotov,

un Cetme, una PO-3, un artilugio?

 

IV

La segunda mitad del siglo XX

llevó la compasión a un grado alejandrino.

 

Para ayudar al viejo de lentos sufrimientos,

nada tan tierno como asesinarlo.

 

Para que no haya niños de mirada famélica,

eliminar los niños.

 

Durante la segunda mitad del siglo XX

el crimen fue la forma más sublime

de la filantropía.

 

V

La segunda mitad del siglo XX

proclamó la bandera de la paz y la vida:

la vida de Mick Jagger,

la vida de Alí Agca, la de Charles

Manson, la de Bokassa,

la de José Rodríguez, son sagradas;

la vida de las focas y la de las sequoias

y hasta la vida de los vietnamitas

son sagradas, etcétera...

Muy bien, señores,

pero mientras el Universo se llenaba

de palomitas rosas, mientras todos ustedes

hacían el amor y no la guerra,

en cada útero un Auschwitz, un Dachau, un Stalin,

un Führer, un Vietnam, un Paracuellos,

un negro y fiero y ciego bombardeo.

Todo legal, no sufra, todo a cargo

de la Seguridad Social, naturalmente.

 

Cinco, veinte, sesenta millones, ochocientos

millones de personas -Dios lleva cuenta exacta-

­asfixiadas, quemadas, trituradas

(con absoluta higiene y música ambiental

para que nadie diga).

Yo he escuchado sus llantos diminutos,

he visto sus milímetros de espanto,

sus deditos de leche desvalida

moviéndose en el cubo funerario.

 

Yo levanto estos versos como un volcán de rabia

y grito a las estrellas

que el mayor genocidio de este planeta fue

la segunda mitad del siglo XX.

 

VI

La segunda mitad del siglo XX

fue una escena de cama

de dimensiones cósmicas.

 

El Arte fue la cópula,

la Cultura la cópula,

la Diversión la cópula

y la Revolución también la cópula.

 

Allí todo fue copula-copulae... Todo menos

la cópula, que fue

durante la segunda mitad del siglo XX

sodomita, enfundada, interrupta, egocéntrica,

auricular, estéril, solitaria,

informática, teledirigida,

only for women, multitudinaria,

etcétera, etcétera, etcétera...

De todas las maneras

inferior a los perros.

 

VII

La segunda mitad del siglo XX

se propuso llegar al Paraíso

ahorrándose el viaje.

 

Ser Agustín sin recorrer de bruces

todo el dolor que media

entre el robo de peras y la visión beatífica;

ser Francisco de Asís sin merecerlo

por el hambre y el no y el parecido

con los lirios del campo;

ser -ay- Juan de la Cruz sin noche oscura

ni cadenas voraces ni dolencia de amor;

ser María Goretti, pero llegando a un trato.

Ver a Dios sin limpiarse el corazón.

 

Para volar tan alto,

tan alto, les vendieron un atajo:

pastillas, sobrecillos, jeringuillas,

perfectos sucedáneos -pensaban- de la ascética.

Ascética sintética.

 

Una fumata, tío, y el éxtasis. Un sorbo

de este rollo y las ínsulas extrañas.

Un pinchacillo aquí y escuchas en diez pistas

el hosanna de oro de los coros angélicos.

 

Lo malo es que el atajo era mentira.

Lo malo es que aquel cielo era mentira.

Lo malo es que la puerta que Ferlinghetti & Dylan,

Limited (very limited) cantaban

los condujo -mentira, “Lasciate ogni speranza”-

­al Horror infinito.

 

VIII

La segunda mitad del siglo XX

fue amiga de los ríos y los quebrantahuesos,

de la ballena azul y los otoños,

de la gentiana Clusii y el Yosemite Valley.

 

Muy bien. Me apunto a todos esos bosques,

a las corrientes aguas

puras, al Aconcagua, a las aves ligeras;

me apunto a todo locus más o menos amoenus;

al lupus homini homo, si esto le hace feliz.

 

A lo que no me apunto es a después

de tanta historia con Mamá Natura

asesinar 1.000 niños ustedes ya me entienden.

 

A lo que no me apunto es a morir,

igual que Jimi Hendrix,

con catorce pinchazos diz que de paraíso

debajo de la lengua.

A lo que no me apunto ni borracho

es a clamar por la Naturaleza

con un dispositivo en la vagina,

una funda de plástico ya saben,

un kilo de pastillas en el alma

y millones de hermanos que no llegan

a especie protegida.

 

 

IX

La segunda mitad del siglo XX

dijo que la Verdad no era verdad,

que cada cual con su opinión, y todos

a ser homini lupus en paz y compañía.

 

No es verdad que hoy es martes,

no es verdad esta lluvia, no es verdad Paraguay

ni mi bigote ni sus estornudas

ni dos y dos son cuatro: todo son opiniones.

Usted hoy se ha comido un plato de opiniones

-perdón, una opinión

de opiniones (tampoco voy a imponerle el plato)-;

a usted, cuando se sienta,

le pica esa opinión que le ha salido

en toda la opinión.

 

Pero ¿qué digo usted!

Usted es solamente

una opinión. Yo soy una opinión.

Esto es sencillamente

una conversación entre opiniones.

 

X

La segunda mitad del siglo XX

atinó con la Llave

de la Sabiduría: un hombre, un voto.

 

El manejo es sencillo:

un drogadicto, un voto; un premio Nobel,

un voto; dos maricas, dos votos; un apóstol,

un voto; un loco, un voto; un cuerdo, un voto;

William Shakespeare, un voto; Pedro Pérez, un voto;

Santa Teresa, un voto; Charles Manson, un voto;

Platón, un voto; Claudia Cardinale,

un voto; usted, un voto.

 

Acto seguido

una rápida suma, y miren qué sencillo

fue para la segunda mitad del siglo XX

el Wahrheitserkenntnisweg.

 

XI

La segunda mitad del siglo XX

funcionó por razones

que la Raison jamás conocerá.

 

Pero yo sí conozco algunos casos,

freres humains qui apres nous vivez:

Andrés se hizo fascista por profundos

motivos de peinado,

Yvonne marxista porque las milongas

de los Quilapayún, Pedro bakuninista

por Margarita, Plácido católico

por, afición al órgano (en el mejor sentido),

Giambattista se hizo socialista

dicen que por la rima, Doña Pura

testigo de Jehová por una minipimer,

Juan y Pedro mormones por razones

de estricta sastrería.

 

Insondables abismos del organismo humano:

durante la segunda mitad del siglo XX

nadie fue calvinista por Calvino,

ni sartriano por Sartre, ni budista por Buda,

sino que por, o sea, que sentían

un no sé qué, que quedan balbuciendo

aquellos antropoides.

 

XII

La segunda mitad del siglo XX

fue mediocre también en la herejía.

 

Pensemos en los grandes

clásicos del error, profesionales

como Pelagio, Arrio,

Lutero, Hus, Calvino: arduos años en trato

con la Biblia y los Padres de la Iglesia,

orando en penumbras temblorosas,

pasando doctorados, sínodos, conclusiones...

De repente una idea infernal: el filioque,

la sustancia, distingo, de humanitate Christi...

Advertencia, Tractatus, advertencia, concilio,

más advertencia, insumisión, condena

y el final conocido:

pregonero, tambores, las calles agolpadas

y una fogata multitudinaria

cuyos fulgores crepitaban años

y años en las memorias campesinas

y se perpetuaban en trovos y consejas.

 

Durante la segunda mitad del siglo XX

todo fue más chapuza: el padre Van der Buden

a base de ir en cueros entre los tulipanes

dijo no sé qué cosa (ni él tampoco

debió saberlo mucho). A Don Hans Kraus

le bastó con algunas mugres tercermundistas

de Der Spiegel. A Paqui Rodríguez, peluquera

de Mula (Murcia, España), se le ocurrió su cisma

bajándose el tirante del bikini

al borde de un cubata perezoso.

 

También incompetentes

para el mal. Ni siquiera merecían

el honor de una hoguera.

 

XIII

La segunda mitad del siglo XX

dio pasos de gigante.

 

Hubo no obstante algunos reaccionarios,

gentes que se negaron a avanzar con su tiempo

-una monja ruinosa de Calcuta, unos papas,

Escrivá, Solzhenitsyn, Lech Walesa,

Jérome Lejeune y otros,

sin olvidar los pérez con sus codos gastados

en el amargo roce de los lunes y martes

y unos pocos millares de silencios postrados

bajo la lucecita latiente del Sagrario-,

gentes insolidarias, no cabe duda,

gentes

reacias a vivir a cuatro patas

y a dar aquellos pasos de gigante

camino de la nada.

 

Nadie lo supo, y ellos sostenían

la máquina del mundo.

Luminosos rebeldes, ellos fueron

el rumbo de la Historia

durante la segunda mitad del siglo XX.

 

SALMO FINAL

Grandes son Tus hazañas, Señor, fuerte Tu brazo:

Tú salvaste a Tu pueblo de la lluvia de napalm,

de los tanques del Pacto de Varsovia,

de Nixon, de Jomeini, de Fernández Ordóñez.

 

Señor, Tú nos libraste de los que nos traían

la libertad en sus cañones, Tú

has sacado a Tu pueblo intacto de las fauces

de Kruschev, de la CIA, de Playboy, de Alí Agca.

 

Tu fuerza no la vencen los missiles

ni L ’Etre et le Néant

ni Gaddafi ni la Trilateral.

 

Tu amor no tiene fin, Señor: Tu pueblo,

que atravesó el desierto y el Mar Rojo,

también logró pasar -mayor prodigio-

­la segunda mitad del siglo XX.

 

Octubre de 1981.

 

¿Y esta publicidad? Puedes eliminarla si quieres

0 comentarios

¿Y esta publicidad? Puedes eliminarla si quieres