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La turuta del Titanic

Pepe de Diego, un alma lista para volar.

Pepe de Diego, un alma lista para volar.

Yo no traté mucho a Pepe de Diego, pero le tenía afecto. Por encima de todos los cambios de agujas y pasos a nivel de los caminos de hierro de la política, que nos habían distanciado, supe siempre que seguía siendo leal. Hasta el sacrificio. No hace mucho, con una válvula en el corazón, se arriesgaba -cosa que yo nunca hice, por aquello del purismo y la ortodoxia- a acudir a San Sabastián, con los manifestantes de "Basta ya". Estuvo siempre al pie de su cañón, sin importarle si el fuego enemigo le podía o no hacer pupa. En su capilla ardiente había sólo una corona, con los colores de España. Su gente, no había más que mirarles, ejemplar: mezcla de la rara alegría cristiana ante la muerte y, como diría Rafael García Serrano, la imperturbabilidad de las razas nobles.

Milagrosa Romero, amiga de Pepe de Diego y de su familia, estaba en Lisboa cuando se enteró de su fallecimiento, ya es causalidad, ¿o no?, en el estuario del doce Tejo, al lado del monumento de los Descubridores, frente al palacio de Belem, sobre el mar de palha, y escribió estos versos:

Una gaviota en el sombrero de don Enrique

lista para partir, lista para volar.

La gaviota mira hacia la tierra -lo que ata, lo que está abajo, el ruido, el polvo, todo = nada-.

Y don Enrique afuera -siempre lejos -hacia la nada y todo = el infinito.

Todos los ríos, Señor, hacia la mar, que no es morir, que es ir más allá, al Todo,

donde se funde el río, donde se encuentra el mar.  

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